Concha Méndez fue una poeta, dramaturga, editora y guionista española, integrante de la Generación del 27 y una de las figuras más representativas de las mujeres creadoras de la Edad de Plata. Nacida en el seno de una familia acomodada, recibió una educación francesa y desde joven manifestó un carácter independiente poco habitual en su época. Destacó incluso en ámbitos como el deporte —llegó a ser campeona de natación— y pronto se vinculó a los círculos artísticos de Madrid. Su amistad con Maruja Mallo, Ernestina de Champourcín, Carmen Conde, Rosa Chacel, Concha de Albornoz, María Zambrano, Federico García Lorca, Rafael Alberti o Luis Cernuda la integró plenamente en el ambiente vanguardista de su tiempo.

Fue socia fundadora del Lyceum Club Femenino; se conserva su primer carné de socia con el número 68, aunque se dio de baja posiblemente en 1929, cuando se marchó a Inglaterra.

En los años veinte inició su trayectoria literaria con obras como Inquietudes (1926) y Surtidor (1928). En 1929 viajó a Londres y a Buenos Aires, donde conoció a Consuelo Berges, y publicó el poemario Canciones de mar y tierra (1930). Tras la proclamación de la II República, regresó a España. En noviembre de 1931 se asoció de nuevo al Lyceum; su carné indica que su número de socia, en esta segunda etapa, fue el 503.

En 1932 se casó con el poeta e impresor Manuel Altolaguirre, con quien desarrolló una intensa labor editorial. Ambos fundaron la imprenta La Verónica y revistas como Héroe, 1616 y Caballo verde para la poesía, que desempeñaron un papel clave en la difusión de la poesía de la Generación del 27.

El estallido de la Guerra Civil española marcó un punto de inflexión en su vida. Comprometida con la causa republicana, se vio obligada a abandonar España junto a su hija Paloma Altolaguirre  e iniciar un largo exilio, primero en Londres y más tarde en Cuba y México. Este periodo transformó profundamente su obra, que adquirió un tono más íntimo, centrado en la pérdida, la maternidad y el desarraigo. Instalada definitivamente en México desde 1944, continuó escribiendo, aunque durante décadas su producción fue menos visible. No regresó a vivir en España y solo volvió de forma puntual años después. Su obra final, Vida o río (1979), marca el cierre de una trayectoria poética atravesada por la experiencia del exilio.

Durante mucho tiempo, su figura quedó relegada dentro del canon literario, pero hoy es reconocida como una autora esencial de la poesía española del siglo XX y como una pionera en la afirmación de la autonomía femenina en la cultura.

Falleció en Ciudad de México el 7 de diciembre de 1986.

En 1990, su nieta Paloma Ulacia Altolaguirre publicó sus memorias bajo el título Memorias habladas, memorias armadas.